9 de febrero de 2016

Soy una MADRE TATUADA



Cada día me gustan más los tatuajes, es un hecho. Sigo Estudios de Tattoo en IG y me quedo, embelesada, mirando los tatuajes de otros. Ya, en el año 2012, me animé a escribir sobre los que lucía por aquel entonces

Lo cierto es que Mufasa no se queda atrás y tenemos guerras domésticas por ver a quién le toca el siguiente. En Octubre me hice mi penúltimo tattoo, sin lugar a dudas, el más especial de todos para mi. Hoy pienso en el siguiente diseño.

Se dice que quien tiene un tatuaje siempre tiene otro en mente. Bajo mi punto de vista es verdad, desde que me hiciera el primero, en 2009, en mi mente no he dejado de hacerme más y más.

Pero estos días le estoy dando vueltas a un pensamiento recurrente. ¿Qué pasará cuando Cachorro me pida su primer tattoo con 15 o 18 años? 

Está claro que lo que me decía a mí mi madre no sirve en ésta situación. 

Soy de la opinión que, si tienes ganas de hacerte un tattoo y además tienes un diseño en mente, serás capaz de esperar el tiempo que haga falta y, de no ser así, es que no estás preparado para que la tinta forme parte de ti. 

Pero claro, nunca me he visto en la tesitura de que mi hijo adolescente me pida tatuarse. 

Hoy por hoy lo tengo claro, mi respuesta sería un rotundo NO pese a que mi cuerpo pasara a ser el lienzo de un tatuador a los 27 años. Pero, ¿no se trata de algo hipócrita?.

Me gusta ser coherente con mis pensamientos y acciones, pero creo que en éste punto estoy vendida

No quiero que un adolescente, hormonalmente activo, llegue a casa con el nombre de su primera novia en la piel, o con cualquier esperpento que odiará con el correr de los años. 

Sí lo sé, tan fácil como explicarle lo que hoy reflexiono aquí. ¿Seguro? ¿Recordáis los pulsos que echabais, en la adolescencia, a vuestros padres; el sentimiento de incomprensión profundo que sentíais; las ganas de iros a vivir a una isla desierta con total de no darles las razón? Yo sí y supongo que eso es lo que hoy me aterroriza

Foto: lapatilla


Soy una madre tatuada pero no quiero tener un hijo adolescente con tatuajes. 
¿Y tu?

6 de febrero de 2016

Resonancia Magnética y otras Torturas

El otro día compartía, en mis redes sociales, una publicación de una Revista Chilena sobre Radiología. En el artículo hablaban de una prueba diagnóstica esencial para saber, de forma cierta, el grado de #Endometriosis que sufre una mujer y los órganos a los que afecta la enfermedad. Indicaban, que ésta prueba, debe hacerse antes de someter a la paciente a una laparoscopia. (Podéis leer todo el artículo aquí)

Lo cierto es que cuando leí el post me enfade. Estoy diagnosticada de Endometriosis Grado IV-Profunda y el ginecólogo de Santander JAMÁS me había hablado de practicarme una Resonancia Magnética (RM) para saber dónde tengo las adherencias o ver hasta qué punto mis órganos, en concreto el aparato digestivo, urinario y/o reproductivo se veían afectados, o no, por la Endometriosis. En realidad, éste ilustre señor, ni relacionaba mis problemas intestinales a la enfermedad crónica, pero sí me operó en Octubre de 2014 a través de laparoscopia.

Por eso me sentí reconfortada, y orgullosa de mi misma, al haber luchado por conseguir que me vieran en el Hospital de Cruces. Allí, en mi primera consulta, la ginecóloga me dio un volante para que me realizaran una RM de la pelvis, intestino y vejiga.

El martes debía iniciar la preparación a la prueba y puesto que, no me habían explicado mucho al respecto, llamé por teléfono al hospital para asegurarme de que hacia bien las cosas. 

Así que ese día cené pronto y liviano. Al rededor de las 22:00h. me puse un enema de 140 ml (medicamento que no cubre la seguridad social y cuesta unos 5€) eso sí, con mucho trabajo, pues la postura es de lo más incómoda y, a pesar de que el frasco no parecía gran cosa, esos 140 ml no se terminaban nunca. Creo que ha sido lo más molesto y/o incómodo de todo el proceso.

La función del enema la imaginaréis, así que no ahondaré mucho más en el tema. 

Al día siguiente, miércoles, me levanté como cada día, llevé a Cachorro al colegio y puse rumbo a Bilbao. Con el estómago vacío, y sin poder beber agua, llegamos a la sala de espera número 10 de Cruces. Allí esperaríamos cerca de una hora, hasta que al fin me tocó.

No os mentiré, estaba nerviosa, nunca me habían hecho una RM. Había oído un montón de historias sobre ellas en las que el agobio, claustrofobia y mal cuerpo eran los protagonistas. 

Tras ponerme una inyección, para ralentizar los movimientos del intestino, dos contrastes, uno vía vaginal y otro rectal, y colocarme unos cascos de obra por los que sonaban los "40 principales" comenzó la RM.

Permanecí dentro de la máquina unos 20 minutos, aunque a mi me parecieron menos. Estuve super tranquila y sin ningún tipo de agobio. Me habían indicado que tal vez los tatuajes me podrían jugar una mala pasada, pero por fortuna no tuve ningún problema. Así que todo fue coser y cantar. 

Ahora queda esperar a mi próxima consulta ginecológica para saber qué se ve en las imágenes de la RM y poder tomar medidas contra mi Endometriosis. 

Cruzaré los dedos, pondré velas a la virgen y prometeré dejar de cantar en la ducha, si hace falta, para que la RM diga que no tengo adherencias en el intestino y/o vejiga, aunque... no las tengo todas conmigo.

En mi andar he descubierto que en Cantabria no hacen éste tipo de Resonancias. Lo que me empuja, una vez más, a pensar que los ginecólogos del Servicio Cántabro de Salud no están debidamente informados.

Y a ti ¿te han realizado una Resonancia Magnética o por el contrario te han diagnosticado a través de otro método?






4 de febrero de 2016

El comedor del colegio

Ya hace 3 años que Cachorro empezó al colegio. Aún recuerdo lo mal que lo pasó al comenzar y cómo, en aquel entonces, creía que nunca llegaría el día en el que se acabaran las lágrimas -como os contaba aquí-. Menos mal que todo llega y que de aquellos inicios, catastróficos, sólo queda un ligero recuerdo en mí memoria.

Hoy en día, cursando el último año de infantil, Cachorro es un niño feliz, que adora ir al colegio. Si por él fuera no tendrían vacaciones y el fin de semana sería de un solo día. 

Tal es su gusto por las aulas y, sobre todo, por aprender, que le gustaría ir más horas a clase. Se conoce que estar allí de 9:00 a 14:00 no le parece suficiente.

Así que, el miércoles, cuando le dije que se iba a quedar en el comedor del colegio imaginaréis su alegría. Como niño a quien le hubieran prometido el mayor de los regalos, aquella mañana, fue especialmente feliz hacia el colegio.

Mientras, como no podía ser de otra manera, yo estaba un poco nerviosa, sino no sería yo. No sabía cómo le estaría yendo a mi chiquitín, a pesar de que el menú que tocaba ese día le gustaba -quién puede resistirse a unos espaguetis a la carbonara y una hamburguesa de pescado...- igual no se sentía cómodo con las cuidadoras... 

Lo cierto es que, al final, pude ir a recogerlo yo. Tenía muchas ganas. Así que allí llegué a las 15:15 a por un cachorro que se alegró mucho al verme -creo que porque no me esperaba a mi- y que protestó un poco porque "mamá si es muy pronto... yo quiero quedarme más".

La cuidadora me informó de lo bien que se había portado y lo mucho que había comido Cachorro.

El orgullo de Egomadre volvió a florecer en mí y, cual pavo real, nos fuimos.

Ahora, Cachorro, quiere ir todos los días al comedor. Le ha encantado la experiencia -no sé si pensará lo mismo el día que toque algo que no le guste en el menú- y lo cierto es que no me opongo. Me parece una manera fabulosa de lograr que se haga un verdadero omnívoro, pues ya se sabe que, en casa, al final una tiende ha cocinar lo que más les gusta a sus comensales.

Por el momento, hoy, repite experiencia bajo la promesa de ir a recogerlo una hora más tarde. 

Espero que esto nos sirva para ver qué tal come los días que hay platos que no le suelen gustar mucho. Y en la medida de lo que me diga la responsable nos sentaremos a valorar si, realmente, nos podemos permitir que Cachorro vaya al comedor todos los días pues, no sé cómo será en otros centros, pero aquí, la cuota mensual ronda los 100€ y, siendo sinceros, cuando sólo trabaja uno de los dos progenitores y el otro está cobrando la prestación por desempleo, hay que mirar los gastos con lupa, cosa a la que aún no estamos del todo hechos.

Resultado de imagen de comedor escolar


 ¿Vuestros cachorrillos van al comedor del colegio? ¿Qué experiencia tenéis?


30 de enero de 2016

Vivir con dolor

En mi visita al Hospital de Cruces, en Bilbao, además de esperanza, me dieron unas nuevas pastillas para el dolor, ya que los antiinflamatorios convencionales no me causan alivio alguno. En concreto me recetaron Tramadol.

Pese a vivir con fuertes dolores, diariamente, preferí no tomarlo hasta no tener un ataque de los demoledores, pues el hecho de que las pastillas fueran opiáceos me echaba para atrás, y por qué no decirlo, tenía pavor a los efectos secundarios.

En el mes de Diciembre, el ginecólogo de Santander, me recetó Sibilla -píldora anticonceptiva cuya misión era dejarme sin la regla para así intentar frenar la #Endometriosis - y tras su ingesta, durante varias semanas, tuve que terminar visitando el servicio de urgencias del hospital materno, donde me derivaron a las urgencias del Hospital Marqués de Valdecilla, por un fuerte dolor de cabeza, efecto secundario de la píldora.

Allí me tuvieron que dar inyecciones para el dolor, poner gotero y me suprimieron el consumo del medicamento -meses después el Neurólogo revelaría que no puedo tomar estrógenos-.

Tal vez ésta experiencia previa, tan dolorosa, me empujó a ser prudente. (También influyó que, la ginecóloga bilbaína, me advirtiera de todos los efectos secundarios que podían aflorar con éstas pastillas para que estuviera alerta).

La noche del martes se presentaba interesante. Mi ovario derecho estaba a punto de explotar, la pelvis se retorcía de dolor y la presión, en el recto, hacia que se me saltaran las lágrimas.
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